Se acerca sigilosa y espía desde lejos, se sienta, observa, espera. La tristeza sabe que no puede abrazar a alguien de golpe, ella es demasiado fría, demasiado grande, y por eso necesita su propio preludio, un espacio para acomodarse, una llegada discreta y por goteo.
La tristeza se sienta en la arena y toma puñados que se escurren entre sus dedos de acero.
Osa, al fin, llamar su atención directamente, y toca su pelo, el extremo de su melena; golpea un mechón con el dedo haciendo un leve “clin” metálico inicial y este ruido se multiplica como una imagen en el espejo, resonando por todos sus cabellos que reflejan ese azul oceánico. Perpleja ante ese espectáculo de color y sonido, la tristeza entrechoca sus dedos, obteniendo una música ferruginosa que deja un sabor a óxido y a sangre en el paladar.
Ella quiere hacer suya esa música, también quiere ser viento de cristal, susurro de hielo. Quiere que su voz se oiga fuerte, y no tímida, quiere llegar musical, y no austera, quiere hacer un eco húmedo que retumbe en las grietas de las cuevas, en los recovecos del alma. Pero el suyo es un ruido de factoría, de industria, de metal y de golpes, un ruido seco, tenaz en su cadencia.
Por eso vuelve a sacudir, esta vez con más ímpetu, ese pelo cristalino de reflejo atlántico. Quiere oír esa música tintineante, hacer que salga de su mano. Sacude, sacude, sacude hasta que la joven deja caer su mensaje y comienza a resquebrajarse. Lentamente, sus miembros van cayendo en la arena y formando un montón de cristales rotos, agrupados como cuando se barren los restos de una vajilla recién destrozada, que van entrando poco a poco al mar, derrotados por la tristeza.
Al fin, ese ruido, ese vidrio fónico, esa música de reflejos y tintineos se hace eterna, duradera, y poderosa en volumen. Los cristales caen al agua entrechocándose y rebotando en las rocas, cantando la canción de la eterna tristeza.
El niño pregunta “¿Mamá, por qué lloras? Sólo se ha roto un vaso”
Ella, frágil de pies a cabeza, ella de vidrio, ella de cristal, aguarda, el pie sumergido a medias en
esa agua que viene y va creando un murmullo constante. Paciente, absorta, espera, mensaje
en mano, sin saber si lanzarlo al mar enfundado en su piel, o si dejar que tome tierra, que se
seque, que se asiente, que pierda viveza. En sus manos las palabras, la esperanza, la
reconducción.
La tristeza aprovecha estas flaquezas para acercarse, recolocándose su viejo sayal de color gris y arrastrando con sus pies de acero el resto de su pesado cuerpo hasta la orilla. Pero ella, ella de vidrio, ella no siente llegar a nadie, absorta como está en sus pensamientos, en su mensaje, en su dilema. ¿Merece la pena luchar por una causa que nos es indiferente? ¿No es mejor dejarnos morir, dejarnos ir, dejarnos llevar? Abandonar como una corriente discreta, escapar en el propio torbellino que nos lleva al caos, integrarnos en él sin hacer ruido. ¿No es eso más digno que disecar nuestra vida para seguir pareciendo eternamente seres vivos, pero sin vísceras ni alma por dentro?
La tristeza se acerca y susurra, pero el mar es más fuerte, el mar está vivo todavía. Su cuerpo metálico se pasea alrededor de la joven, nunca entre ella y el mar.
La tristeza aprovecha estas flaquezas para acercarse, recolocándose su viejo sayal de color gris y arrastrando con sus pies de acero el resto de su pesado cuerpo hasta la orilla. Pero ella, ella de vidrio, ella no siente llegar a nadie, absorta como está en sus pensamientos, en su mensaje, en su dilema. ¿Merece la pena luchar por una causa que nos es indiferente? ¿No es mejor dejarnos morir, dejarnos ir, dejarnos llevar? Abandonar como una corriente discreta, escapar en el propio torbellino que nos lleva al caos, integrarnos en él sin hacer ruido. ¿No es eso más digno que disecar nuestra vida para seguir pareciendo eternamente seres vivos, pero sin vísceras ni alma por dentro?
La tristeza se acerca y susurra, pero el mar es más fuerte, el mar está vivo todavía. Su cuerpo metálico se pasea alrededor de la joven, nunca entre ella y el mar.
Osa, al fin, llamar su atención directamente, y toca su pelo, el extremo de su melena; golpea un mechón con el dedo haciendo un leve “clin” metálico inicial y este ruido se multiplica como una imagen en el espejo, resonando por todos sus cabellos que reflejan ese azul oceánico. Perpleja ante ese espectáculo de color y sonido, la tristeza entrechoca sus dedos, obteniendo una música ferruginosa que deja un sabor a óxido y a sangre en el paladar.
Ella quiere hacer suya esa música, también quiere ser viento de cristal, susurro de hielo. Quiere que su voz se oiga fuerte, y no tímida, quiere llegar musical, y no austera, quiere hacer un eco húmedo que retumbe en las grietas de las cuevas, en los recovecos del alma. Pero el suyo es un ruido de factoría, de industria, de metal y de golpes, un ruido seco, tenaz en su cadencia.
Por eso vuelve a sacudir, esta vez con más ímpetu, ese pelo cristalino de reflejo atlántico. Quiere oír esa música tintineante, hacer que salga de su mano. Sacude, sacude, sacude hasta que la joven deja caer su mensaje y comienza a resquebrajarse. Lentamente, sus miembros van cayendo en la arena y formando un montón de cristales rotos, agrupados como cuando se barren los restos de una vajilla recién destrozada, que van entrando poco a poco al mar, derrotados por la tristeza.
Al fin, ese ruido, ese vidrio fónico, esa música de reflejos y tintineos se hace eterna, duradera, y poderosa en volumen. Los cristales caen al agua entrechocándose y rebotando en las rocas, cantando la canción de la eterna tristeza.
El niño pregunta “¿Mamá, por qué lloras? Sólo se ha roto un vaso”
Texto: Clara Viloria Hernández
Ilustración: Teresa Santos Ruiloba

