11 diciembre 2014

We'll never be more than a few hours from home

Corres, andas, vuelas. No sabes por qué sigues andando desde hace ya tanto tiempo, no lo sabes, pero sabes que tienes que seguir. No se trata de un camino recto ni de una meta, avanzas y retrocedes, ganas  y pierdes, es un  paseo que no llega a ningún sitio, a veces evolucionas, otras involucionas. No paras, aunque a veces te muevas a paso lento, como un árbol mecido suavemente en una tarde de final de verano. No sabes por qué, pero andas, eso lo tienes claro, tan claro como la última vez que te gritaron con chillidos metálicos y supiste que era hora de volver a hacer el equipaje. Te preguntan si huyes. Nunca. No huyes, no te escapas porque escaparse de algo implica asumir que ese algo te asusta. Tú no huyes, buscas. Buscas respuestas y te haces preguntas.

Son las cinco de la tarde y hablan por la megafonía de un supermercado en un idioma distinto a ése en el que tú sabes querer. Es un miércoles a las cinco de la tarde en Heidelberg y flaqueas, tu rodilla izquierda se vence, mientras en toda tu cabeza resuena un por qué amplificado como en un concierto de rock. 
Y te dices que tienes ganas de volver a casa. A una casa que no se encuentra en ningún mapa. ¿Qué es "tu casa"?  Tu casa es el último abrazo que te dieron, tocar una mano con los ojos cerrados y notar que la conoces mejor que la tuya propia. Tu casa son tus últimos ataques de risa y el olor a café cuando despiertas y alguien ya te ha hecho el desayuno.Tu casa es contar lo que te pasó hoy y que te entiendan sin tener que explicar. Tu casa es el silencio elocuente de quien con poco dice mucho, es el olor a esa colonia y la sensación inalterable de que todo está en orden. Tu casa es poder llorar a gusto y también la última postal que recibiste.
Tu casa no es un sitio, sino un mapamundi de rostros que conoces al detalle. 

De pronto vuelven a tu mente las palabras de aquella canción de Kimya Dawson que conociste con 17 años después de ver Juno "Because wherever we are in this great big world  we'll never be more than a few hours from home. And that's important, because I need to travel, I've had this itchin' in myshoe since  was just a little kid". Y de golpe entiendes las palabras que te esperaban en tu memoria agazapadas tras la  música durante todo este tiempo. Te sientes feliz porque sabes que tienes una casa, aunque no la puedas ubicar en el Google Maps. Y te vuelves a dar cuenta de que las ciencias no son absolutas,  ni objetivas, que estar con gente no significa no estar solo, que los kilómetros a veces están más cerca que una puerta de la otra. ¿O es que acaso por cercanía sabes todo de tu vecino de al lado? 

Sabes que da un  poco igual si es en tren, en bus, o por teléfono. Pero pronto llegarás a casa. Lejos de preguntas impertinentes con sabor a ácido. 
¿Por qué?-te preguntan
-"¿Por qué no?"


24 julio 2014

Quiromancia

La arruga en el pantalón, y quizá la de la frente. El pelo despeinado puede, el pintalabios barato, con una pincelada de descuido. Y puede que pasen los años, pero por las venas sigue fluyendo la misma sangre. Y las venas, dilatadas por ese agosto en la jungla de asfalto, laten acompasadas.




Texto: Clara Viloria
Ilustración: Teresa Santos

08 abril 2014

Si viene malo, y si no peor

No, no estamos locas, y no, tampoco odiamos a la humanidad. Tan sólo sufri- mos, una vez al mes, una serie de devaneos que parecen poner en riesgo nuestra integridad mental. Por suerte o por desgracia, son tan periódicos que podemos enumerarlos, y, aunque moleste reconocerlo, acabamos dándonos cuenta que son la causa fundamental de nuestros cabreos. No hay nada como conocerse a uno mismo (o una misma, en este caso) para rebobinar los errores y estudiar nuestra faceta iracunda cuando estamos bajo el hechizo de esa gran amiga que empieza por R.

Así que, mujeres del mundo, aquí tenéis un espejo; y vosotros, espectadores del festival del mal humor, tenéis delante un manual de instrucciones (que ya nos gustaría a nosotras tener a veces...). Paciencia, cariño, chocolate... alinead los chakras y no os dejéis llevar por el pánico...o, en este caso, por las hormonas. 

Texto:Clara Viloria
Ilustración: Teresa Santos

06 abril 2014

El aprendizaje impuesto y los ojos que hablan



Después de estos 22 años que llevo descubriendo "eso" tan misterioso, tan vago y tan asombroso como es la vida, voy quedándome con algunas reflexiones por el camino. 
Desde que empezamos a ser personitas con un poco de entendimiento, estamos en continuo aprendizaje, un aprendizaje autónomo y otro aprendizaje "impuesto", el necesario para saber desenvolverse en el mundo (o así nos lo han vendido).
Aprendemos como autómatas, reproducimos actos, palabras, fórmulas. 
Pero no nos damos cuenta hasta mucho más tarde (algunos, nunca) de que todo ese proceso en realidad es una gran mentira, un gran cúmulo de errores solapados. 
Nos dicen que nos tenemos que memorizar un montón de números con una jerarquía aparente, que resultan llamarse tablas de multiplicar, pero pasará tiempo hasta que entendamos la lógica de todo aquel arsenal de cifras que bailan en unos cerebros que están empezando a brotar tímidamente. Continuamente en el proceso académico nos "enseñan" ciertas cosas que luego, uno o dos cursos más tarde, nos desmienten: "hace dos años os dije esto, pero no, no, eso no es la verdad, era para simplificar", nos cuentan una mentira como verdad y luego tenemos que sufrir la amargura del descubrimiento de que no todo era tan fantástico como prometía ser. 
Pero, en fin, de ese aprendizaje impuesto, lo más grave son las palabras forzadas. 
Nos obligan a decir "gracias" cuando quizá no sentimos gratitud alguna, a pedir perdón antes de haber podido procesar lo que es la culpa y quién la ostenta, nos mandan dar besos, decir que qué bien, no preguntar, o preguntar lo que quieren que preguntemos. Nos imponen una serie de cánones de conversación, una serie de alegrías falsas y forzadas: tenemos que estar muy contentos con un nuevo trabajo, con una nueva oportunidad, nos tiene que encantar ese regalo que nos ha hecho una tía abuela tercera que apenas nos conoce. 
¿Admite un "qué tal" una respuesta que no sea "bien"?
En este proceso de aprendizaje vamos convirtiéndonos, unos más, otros menos, en actores en nuestra vida, actores que edulcoran los sentimientos para que el interlocutor medio (el compañero de trabajo, el profesor, el médico, el taxista, el del bar) sienta una cómoda balsa de aceite que es lo que le ofrece nuestra tranquila, asentada y correcta existencia. 
¿Qué nos queda?
Probablemente, muy poco, pero, seguramente, lo más importante. Lo que nunca podrán quitarnos es lo que nos fluye por dentro, lo que corre por nuestra cabeza. Se puede dar las gracias sin sentirlas, pero el gesto involuntario que irradia de la gratitud sincera nunca se puede suplantar, por buen actor que crea ser uno. Al igual que el enfado, el odio o la tristeza que se filtran entre nuestros pliegues de la cara y dejan entrever que ese "Estoy bien" tiene poco de sincero.
Yo, que soy muy amiga de las palabras reconozco lo triste de que pierdan su valor. Pero quizá lo mejor de esa verborrea desvirtuada es el valor al gesto. En un mundo como el que vivimos, en el que las palabras corren y vuelan a nuestro alrededor - palabras falsas, palabras comodín, y (unas pocas) palabras sinceras, o palabras de amor-, en un mundo tan frío y tan quebradizo como el nuestro, el valor de una sonrisa de verdad se multiplica hasta alcanzar un valor estratosférico. 
¿Y, a dónde voy con todo esto?
Ni yo lo sé, pero quizá, después de estos 22 años, después de haber memorizado, escrito y dicho tantas palabras que no podrían nunca ser contadas, es ahora cuando me doy cuenta de que, a veces, lo mejor sucede cuando no hay palabras. Cuando no se necesita oír "me alegro de verte", "qué feliz estoy ahora", o ese dichoso "gracias", cuando todos esos significados brotan en forma de caricia, de gesto, o de sonrisa. 
Si algo tengo claro, es que mi aprendizaje autónomo, el que nadie me ha impuesto, me ha llevado a una conclusión tan real como bonita. 
Y es que, algunas personas, involuntariamente, sin quererlo, sin forzarlo, brillan mucho más que otras porque son capaces de sonreír con la mirada.

Así que aquí descubro una mentira, como ésas que nos imponían de pequeños:  mis palabras valen poco, todo lo que he escrito nunca será tan elocuente como una imagen, como, por ejemplo, ésta:

¿Quién duda ahora de que los ojos sonríen?

Por:Clara Viloria

25 marzo 2014

Estrellas que se llaman Clara Viloria

Ella dice que no sabe pintar y dice que "hace cosas normales". Ésta es mi respuesta, elaborada por ella misma:



18 febrero 2014

Una imagen NO vale más que mil palabras

A raíz de este dibujo he hecho un "experimento", dos amigas han escrito lo que les ha transmitido la imagen.
Éste es el genial resultado:

Nuestra historia, qué historia. Nadie me explicó nunca que el discurso adquiere mucha más prestancia 
si utilizas el plural mayestático, pero lo apliqué, lo aplicamos, pura inercia. Mayestático, majestad, 
majestuoso, todas esas palabras provienen de la misma raíz, justamente de significado opuesto a lo
austeros que fuimos siempre. Economizamos en luz, en agua, en mobiliario, encendíamos una lámpara 
para los dos, compartíamos cama, ducha, hasta platos y cubiertos, todo era nuestro. Menos nosotros
Nos olvidamos de que nosotros pertenecemos sólo a nosotros mismos, que tú eres tuyo y yo soy mía. 
Aunque a veces compartamos nuestras posesiones, siempre seguiremos siendo nuestros propios 
dueños, eso no cambia jamás, nos guste o no.



Nunca dibujamos fronteras porque jamás conocimos el significado, qué tontería. Vivimos de la 
simbiosis, y la alimentamos tanto que se nos olvidó que uno mismo también tiene la capacidad de
encender su alma. Olvidé dónde estaba el interruptor de mi propios sueños, y sólo era capaz de 
encontrarlos detrás de tus abrazos.


Fuimos nosotros, lo fuimos mucho tiempo. Nos quisimos durante tantos años que perdimos la cuenta, y de pronto un día había pasado demasiado tiempo. Todo había cambiado, tú, yo, el mundo, la gente. Y la gramática, ella también. El plural mayestático ya no aportaba prestancia al discurso, sino la pátina 
trasnochada que deja todo lo demodé. Nos pasamos de moda.

Tú por tu lado, y yo por el mío.

Clara Viloria


Indecisa por la vida de por vida, se quedó en la encrucijada, con los pies pegados al suelo y miel en los 
dedos y labios. Sigue allí debatiendose por su futuro incierto que se consume sin prisa ni gloria. Una 
especie de limbo, pasa el tiempo a su alrededor, anidan en su pelo los segundos que gotean densos 
como el aceite. Pasa el tiempo, pero no las cosas, que impacientes por la caducidad de lo no perenne 
chillan desde detrás de los lirios.

Para siempre.
Sara Moscoso



Ésta es la imagen:


15 febrero 2014

Reclamación



Reclamación
Devuélveme lo que te he querido. No he quedado satisfecha. 
Alejandra Pizarnik 

11 febrero 2014

No debemos vivir pendientes de "ese aplauso"



Durante años pasaba mucho tiempo buscando entre los libros, entre mis libros, y con mis libros me refiero a aquellos que había hecho míos después de releerlos y manosearlos. Buscaba textos, ideas, que avalasen lo que pasaba por mi cerebro, como si mis propios sentimientos o palabras no fuesen lo suficientemente puros o valiosos como para tenerlos en cuenta. Un texto que hablase de las maravillas de lo maravilloso, de lo bueno de viajar, de lo alegre y simple de una buena amistad, de lo triste de los desengaños de la vida. Tardé mucho en darme cuenta de que por intensas y fabulosas que sean las palabras de otros, sólo yo puedo dar voz a mi interior. Así sucede generalmente en la vida, no sólo en las intersecciones con la literatura, y es que siempre buscamos la afirmación por medio del otro: tu vestido favorito te sentará mejor si alguien repara en lo atractiva que te hace, el mejor plato que hayas preparado con mimo y esmero merecerá la pena siempre y cuando recibas la ovación de al menos un comensal. Los logros son más logros si son compartidos, de acuerdo, pero debemos aprender a convivir con nosotros mismos, valorarnos en nuestra medida, juzgarnos y reprendernos cuando la ocasión lo requiera pero no con más dureza que con la que nos dirigiríamos a un igual. No vivir pendientes de "esa aprobación", de "aquel aplauso", de todos las sonrisas que nos tienen que dirigir para que nuestro corazón se pudra un poquito menos. Deberíamos ser capaces de regar cada uno, con mesura, nuestra propia alma, porque luego, sí, claro, luego siempre vendrán flores de todos los colores a decorar nuestra vida y a sonreírnos un poco.

10 enero 2014

Sinestesia

Este trabajo es colaborativo, los relatos NO son míos, los ha creado e imaginado mi querida Clara Viloria. En este blog tendrá una presencia muy fuerte, espero que este proyecto se convierta en algo interesante para poder crear cosas diferentes.
Por ahora cuelgo un trabajito que hicimos para la asignatura de Lenguaje en las Industrias Culturales. Mi parte ha sido la maquetación y diseño del librillo.
Ahí va...

Toma de contacto

Hola a todos, 
la verdad es que siempre he querido tener un blog, peeeero siempre me ha dado miedo abrirme una cuenta. No pretendo ser la "megabloguera del año" ni un referente de nada, simplemente concibo este espacio como un lugar donde colgar mis trabajos y poder tenerlos ordenados. Si a alguien le gusta perfecto, para mi sería un verdadero placer!

Soy un poco desastre a la hora de llevar las cosas al día, no creo que actualice esto con mucha frecuencia. ¡Haré todo lo que pueda!

T.