Después de estos 22 años que llevo descubriendo "eso" tan misterioso, tan vago y tan asombroso como es la vida, voy quedándome con algunas reflexiones por el camino.
Desde que empezamos a ser personitas con un poco de entendimiento, estamos en continuo aprendizaje, un aprendizaje autónomo y otro aprendizaje "impuesto", el necesario para saber desenvolverse en el mundo (o así nos lo han vendido).
Aprendemos como autómatas, reproducimos actos, palabras, fórmulas.
Pero no nos damos cuenta hasta mucho más tarde (algunos, nunca) de que todo ese proceso en realidad es una gran mentira, un gran cúmulo de errores solapados.
Nos dicen que nos tenemos que memorizar un montón de números con una jerarquía aparente, que resultan llamarse tablas de multiplicar, pero pasará tiempo hasta que entendamos la lógica de todo aquel arsenal de cifras que bailan en unos cerebros que están empezando a brotar tímidamente. Continuamente en el proceso académico nos "enseñan" ciertas cosas que luego, uno o dos cursos más tarde, nos desmienten: "hace dos años os dije esto, pero no, no, eso no es la verdad, era para simplificar", nos cuentan una mentira como verdad y luego tenemos que sufrir la amargura del descubrimiento de que no todo era tan fantástico como prometía ser.
Pero, en fin, de ese aprendizaje impuesto, lo más grave son las palabras forzadas.
Pero, en fin, de ese aprendizaje impuesto, lo más grave son las palabras forzadas.
Nos obligan a decir "gracias" cuando quizá no sentimos gratitud alguna, a pedir perdón antes de haber podido procesar lo que es la culpa y quién la ostenta, nos mandan dar besos, decir que qué bien, no preguntar, o preguntar lo que quieren que preguntemos. Nos imponen una serie de cánones de conversación, una serie de alegrías falsas y forzadas: tenemos que estar muy contentos con un nuevo trabajo, con una nueva oportunidad, nos tiene que encantar ese regalo que nos ha hecho una tía abuela tercera que apenas nos conoce.
¿Admite un "qué tal" una respuesta que no sea "bien"?
En este proceso de aprendizaje vamos convirtiéndonos, unos más, otros menos, en actores en nuestra vida, actores que edulcoran los sentimientos para que el interlocutor medio (el compañero de trabajo, el profesor, el médico, el taxista, el del bar) sienta una cómoda balsa de aceite que es lo que le ofrece nuestra tranquila, asentada y correcta existencia.
¿Qué nos queda?
Probablemente, muy poco, pero, seguramente, lo más importante. Lo que nunca podrán quitarnos es lo que nos fluye por dentro, lo que corre por nuestra cabeza. Se puede dar las gracias sin sentirlas, pero el gesto involuntario que irradia de la gratitud sincera nunca se puede suplantar, por buen actor que crea ser uno. Al igual que el enfado, el odio o la tristeza que se filtran entre nuestros pliegues de la cara y dejan entrever que ese "Estoy bien" tiene poco de sincero.
Yo, que soy muy amiga de las palabras reconozco lo triste de que pierdan su valor. Pero quizá lo mejor de esa verborrea desvirtuada es el valor al gesto. En un mundo como el que vivimos, en el que las palabras corren y vuelan a nuestro alrededor - palabras falsas, palabras comodín, y (unas pocas) palabras sinceras, o palabras de amor-, en un mundo tan frío y tan quebradizo como el nuestro, el valor de una sonrisa de verdad se multiplica hasta alcanzar un valor estratosférico.
¿Y, a dónde voy con todo esto?
Ni yo lo sé, pero quizá, después de estos 22 años, después de haber memorizado, escrito y dicho tantas palabras que no podrían nunca ser contadas, es ahora cuando me doy cuenta de que, a veces, lo mejor sucede cuando no hay palabras. Cuando no se necesita oír "me alegro de verte", "qué feliz estoy ahora", o ese dichoso "gracias", cuando todos esos significados brotan en forma de caricia, de gesto, o de sonrisa.
Si algo tengo claro, es que mi aprendizaje autónomo, el que nadie me ha impuesto, me ha llevado a una conclusión tan real como bonita.
Y es que, algunas personas, involuntariamente, sin quererlo, sin forzarlo, brillan mucho más que otras porque son capaces de sonreír con la mirada.
Así que aquí descubro una mentira, como ésas que nos imponían de pequeños: mis palabras valen poco, todo lo que he escrito nunca será tan elocuente como una imagen, como, por ejemplo, ésta:
¿Quién duda ahora de que los ojos sonríen?
Por:Clara Viloria
Por:Clara Viloria

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