18 febrero 2014

Una imagen NO vale más que mil palabras

A raíz de este dibujo he hecho un "experimento", dos amigas han escrito lo que les ha transmitido la imagen.
Éste es el genial resultado:

Nuestra historia, qué historia. Nadie me explicó nunca que el discurso adquiere mucha más prestancia 
si utilizas el plural mayestático, pero lo apliqué, lo aplicamos, pura inercia. Mayestático, majestad, 
majestuoso, todas esas palabras provienen de la misma raíz, justamente de significado opuesto a lo
austeros que fuimos siempre. Economizamos en luz, en agua, en mobiliario, encendíamos una lámpara 
para los dos, compartíamos cama, ducha, hasta platos y cubiertos, todo era nuestro. Menos nosotros
Nos olvidamos de que nosotros pertenecemos sólo a nosotros mismos, que tú eres tuyo y yo soy mía. 
Aunque a veces compartamos nuestras posesiones, siempre seguiremos siendo nuestros propios 
dueños, eso no cambia jamás, nos guste o no.



Nunca dibujamos fronteras porque jamás conocimos el significado, qué tontería. Vivimos de la 
simbiosis, y la alimentamos tanto que se nos olvidó que uno mismo también tiene la capacidad de
encender su alma. Olvidé dónde estaba el interruptor de mi propios sueños, y sólo era capaz de 
encontrarlos detrás de tus abrazos.


Fuimos nosotros, lo fuimos mucho tiempo. Nos quisimos durante tantos años que perdimos la cuenta, y de pronto un día había pasado demasiado tiempo. Todo había cambiado, tú, yo, el mundo, la gente. Y la gramática, ella también. El plural mayestático ya no aportaba prestancia al discurso, sino la pátina 
trasnochada que deja todo lo demodé. Nos pasamos de moda.

Tú por tu lado, y yo por el mío.

Clara Viloria


Indecisa por la vida de por vida, se quedó en la encrucijada, con los pies pegados al suelo y miel en los 
dedos y labios. Sigue allí debatiendose por su futuro incierto que se consume sin prisa ni gloria. Una 
especie de limbo, pasa el tiempo a su alrededor, anidan en su pelo los segundos que gotean densos 
como el aceite. Pasa el tiempo, pero no las cosas, que impacientes por la caducidad de lo no perenne 
chillan desde detrás de los lirios.

Para siempre.
Sara Moscoso



Ésta es la imagen:


15 febrero 2014

Reclamación



Reclamación
Devuélveme lo que te he querido. No he quedado satisfecha. 
Alejandra Pizarnik 

11 febrero 2014

No debemos vivir pendientes de "ese aplauso"



Durante años pasaba mucho tiempo buscando entre los libros, entre mis libros, y con mis libros me refiero a aquellos que había hecho míos después de releerlos y manosearlos. Buscaba textos, ideas, que avalasen lo que pasaba por mi cerebro, como si mis propios sentimientos o palabras no fuesen lo suficientemente puros o valiosos como para tenerlos en cuenta. Un texto que hablase de las maravillas de lo maravilloso, de lo bueno de viajar, de lo alegre y simple de una buena amistad, de lo triste de los desengaños de la vida. Tardé mucho en darme cuenta de que por intensas y fabulosas que sean las palabras de otros, sólo yo puedo dar voz a mi interior. Así sucede generalmente en la vida, no sólo en las intersecciones con la literatura, y es que siempre buscamos la afirmación por medio del otro: tu vestido favorito te sentará mejor si alguien repara en lo atractiva que te hace, el mejor plato que hayas preparado con mimo y esmero merecerá la pena siempre y cuando recibas la ovación de al menos un comensal. Los logros son más logros si son compartidos, de acuerdo, pero debemos aprender a convivir con nosotros mismos, valorarnos en nuestra medida, juzgarnos y reprendernos cuando la ocasión lo requiera pero no con más dureza que con la que nos dirigiríamos a un igual. No vivir pendientes de "esa aprobación", de "aquel aplauso", de todos las sonrisas que nos tienen que dirigir para que nuestro corazón se pudra un poquito menos. Deberíamos ser capaces de regar cada uno, con mesura, nuestra propia alma, porque luego, sí, claro, luego siempre vendrán flores de todos los colores a decorar nuestra vida y a sonreírnos un poco.