11 febrero 2014

No debemos vivir pendientes de "ese aplauso"



Durante años pasaba mucho tiempo buscando entre los libros, entre mis libros, y con mis libros me refiero a aquellos que había hecho míos después de releerlos y manosearlos. Buscaba textos, ideas, que avalasen lo que pasaba por mi cerebro, como si mis propios sentimientos o palabras no fuesen lo suficientemente puros o valiosos como para tenerlos en cuenta. Un texto que hablase de las maravillas de lo maravilloso, de lo bueno de viajar, de lo alegre y simple de una buena amistad, de lo triste de los desengaños de la vida. Tardé mucho en darme cuenta de que por intensas y fabulosas que sean las palabras de otros, sólo yo puedo dar voz a mi interior. Así sucede generalmente en la vida, no sólo en las intersecciones con la literatura, y es que siempre buscamos la afirmación por medio del otro: tu vestido favorito te sentará mejor si alguien repara en lo atractiva que te hace, el mejor plato que hayas preparado con mimo y esmero merecerá la pena siempre y cuando recibas la ovación de al menos un comensal. Los logros son más logros si son compartidos, de acuerdo, pero debemos aprender a convivir con nosotros mismos, valorarnos en nuestra medida, juzgarnos y reprendernos cuando la ocasión lo requiera pero no con más dureza que con la que nos dirigiríamos a un igual. No vivir pendientes de "esa aprobación", de "aquel aplauso", de todos las sonrisas que nos tienen que dirigir para que nuestro corazón se pudra un poquito menos. Deberíamos ser capaces de regar cada uno, con mesura, nuestra propia alma, porque luego, sí, claro, luego siempre vendrán flores de todos los colores a decorar nuestra vida y a sonreírnos un poco.

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